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Reportaje a: Raúl Alfredo Conti


A 10 años de su último y definitivo viaje recordamos al primer trotamundos que partió de estos pagos.


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Por más que el certificado de nacimiento diga que llegó al mundo en Pergamino, para nosotros fue, es y será saltense. Seguro que fue por estos pagos donde empezó a gambetear las piernas de sus hermanos y a cobijar los sueños de todo pibe que se desvive por una pelota.

Cuando Don Rafael y Doña “Maruca” decidieron venirse a salto buscando torcer el destino y arrastrando a sus cuatro pequeños hijos (Armando Domingo “Pichón”, Rául Alfredo “Ñato”, Héctor Rodolfo “Chiche” y Rafael Oscar “Rulo”. Aquí nacería Nicolás Ramón “Cacho”) jamás imaginaron que el apellido terminaría ligado inseparablemente al fútbol.

Los cinco hermanos, además de poner el hombro en el negocio de la familia hasta convertirlo en una verdadera institución de nuestra ciudad, encontraron en el fútbol la forma más económica de divertirse; con una sola pelota todos podían demostrar sus virtudes. Así, unos fueron defensores, otros delanteros y uno, el elegido, gambeteador empedernido. Los cinco llegaron a la primera del club de sus amores (Compañía General, por si hace falta decirlo), pero el Ñato eclipsó a sus hermanos yendo más allá de lo que la imaginación de cualquiera de ellos podía alcanzar.

Él se encargó de escribir su propia historia.


CON SEMEJANTE ESPEJO…

-A los 11 años empecé en la Sexta y a los 18 debuté en Primera. Jugar al lado del Chino Cepeda fue un privilegio… ¡Era un monstruo! Gambeteador, inteligentísimo, se sabía todas las mañas… ¡Era un adelantado! Él nos manejaba a nosotros, que éramos todos pibes. Tenías más de 40 años, jugaba de 9 titado atrás y nos indicaba a cada uno lo que teníamos que hacer.

En realidad, El Ñato debutó en la Primera de Compañía (adonde había llegado, como no podía ser de otra manera, de la mano de Lorenzo Vincenty) con 16 años: el 2 de septiembre de 1945, en la vieja cancha de Sports, ubicada donde hoy se levanta el Barrio Malvinas Argentinas. Ese día Lagartos y Comadrejas empataron en 2 goles y fue el único partido que jugó en esa temporada. Un año más tarde convirtió su primer gol en Primera, a Carricaberri, también de Sports. En este 1946, que marcó el sexto título consecutivo de Defensores, el Ñato integró el primer equipo solo tres veces, pero… en el ’47, con el Ñato ya consolidado entre los mayores, Compañía cortó la racha del Loro quedándose con el campeonato, y repitió en los dos años siguientes. El Ñato ya era un jugador distinto.

Así lo recuerda Miguel “Gilero” Lescano: -“Jugamos juntos en las inferiores y llegamos casi juntos a Primera. El Ñato era un gambetador empedernido que no arrugaba nunca. En esa época no había mala intención, pero había defensores rudimentarios que, tanto revoleaban la pelota como al delantero, y el Ñato iba y los encaraba otra vez… Al principio lo molían a patadas pero, cuando aprendió a usar los brazos, era casi imposible sacarle la pelota. Además cabeceaba y le pagaba muy bien a la pelota. Llegar a Buenos Aires en esa época no era fácil, pero no me sorprendió la campaña que hizo porque era el mejor de nuestra generación.”


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BUENOS AIRES

-Siempre había soñado ser jugador de fútbol. Nonna (Marcelo, exjugador y referee de nuestro medio) me llevo a probar a Racing. Gusté, pero la primera cita incluía un viaje a Bahía Blanca y no aparecí nunca… Me parecía que Bahía Blanca quedaba en el fin del mundo. Después Lorenzo me acompañó a Boca. A los 15’ escucho: “-Que salga el 10. Vení pibe, quedáte acá y esperá.” Ya me veía con la azul y oro en el pecho… Imagináte, yo soy de Boca desde siempre… Menos mal que nos vinimos, que sino ¡todavía estábamos esperando! No sé si se olvidaron de mí o que pasó, pero se fueron todos y nadie me dijo nada. Agarramos el bolsito y me fui con una bronca bárbara: No piso nunca más acá, dije. Más adelante aparecería otra vez Boca en mi vida.

Aunque el Ñato no lo diga, me contaron que aquella prueba en Racing fue un verdadero éxito: La Academia había conformado un equipo verdaderamente espectacular, que obtendría el primer tricampeonato del fútbol argentino (1949, ’50 y ’51) y donde se destacaban sus cinco atacantes: Salvini, Méndez, Bravo, Simes y Sued. El Ñato se presentó con el bolsito en un entrenamiento de la Primera. Había faltado el que para muchos fue el mejor insider derecho de la historia: Norberto “Tucho” Méndez, y en esa posición ubicarón al joven de las piernas flacas y chuecas, las medias enrolladas en los tobillos y la gambeta fácil. Sin ningún pudor, cada vez que agarró la pelota dejó desparramado a cuanto marcador salió a su encuentro. Se ganó algún reto por abusar de la gambeta, pero la aprobación fue unánime. Sin embargo, el Ñato prefirió también hacerle un amago al destino.


DE PASO POR RIVER

-Me vio un tal Pizzutti, que era el encargado de llevar jugadores a River. Cuando me propuso hacer una prueba, no lo dudé. Quedé enseguida. Jugué dos partidos en Reserva (en Primera estaban Labruna, Loustou y todos esos monstruos), vine a Salto y tenía que volver para firmar. Cuando fui me encontré con la sorpresa: Pizzutti, Antonio Vespucio Liberti (Presidente) y Renato Cesarini (Técnico) me dicen: “Mirá, está la gente del Torino de Italia y anda buscando dos jugadores… ¿te querés ir? Hay buena plata, eh”.

A mí me volvía loco la idea de triunfar en el fútbol, y más me entusiasmaba porque conmigo podía ir Tito Lauricella (excelente jugador del Centro Recreativo Gahan en esos tiempos). Cuando llegué a casa y le dije a la vieja se armó un lío bárbaro, no la podíamos convencer. –“A vos que te gusta tanto la carne… Allá nunca la vas a comer” me decía para desilusionarme. Cuando venía Pizzutti a casa y yo no estaba no lo hacía pasar, lo dejaba esperando en la vereda con unos fríos tremendos… Pero yo tenía muy claro qué quería hacer: -Me voy. Si no me gusta me vuelvo… Total, la plata me la van a dar acá.

Nos fuimos a Buenos Aires con mi hermano Chiche, Gavela (el suegro de Rulo) y creo que Lorenzo. Nos encontramos con los enviados del Torino, con Liberti, Cesarini y Pizzutti en la confitería Odeón… Ahí casi se pudre todo: “Bueno, si está todo arreglado, vamos a hacer los papeles” dijo uno de ellos; entonces saltó Chiche: -¡¿Cómo, acaso el que lo vende no es River?! ¿Por qué no vamos al club a hacer los papeles?

-“¿Para qué…? Si acá estamos tranquilos y tenemos todos los papeles.” Se justificaron.

-“Lo que pasa es que ustedes son una manga de cirujas”. Los atacó Chiche. Yo no entendía muy bien qué estaba pasando, ¿cuál era el problema si me daban lo que estábamos pidiendo? Pero el tiempo le daría la razón a Chiche a pesar del enojo de los otros.

Ahí mismo firmé el contrato y me pusieron arriba de la mesa… ¡30 mil pesos! Imagináte lo que era para mí esa plata: Mi viejo me daba 10 centavos por semana… ¡Con 30 mil pesos era Onasis! Y otro tanto a Compañía. Porque el pase se hizo directo de Compañía al Torino.

El Torino Fútbol Club (primer equipo italiano que visitó nuestro país en 1914) se había convertido en el mejor equipo de la posguerra, ganando las Ligas del 45/46 al 48/49 pero, en este último año había perdido a la casi totalidad de sus figuras (también de la selección azzurra) en el trágico accidente aéreo de Superga.

Acompañando la fiebre extranjerizante desatada por el Milan, el Torino llegó a la Argentina para enfrentar a River en un partido homenaje y, de paso, observar jugadores para cubrir el enorme vacío. Dicen algunos, que el tal Pizzutti que llevó al Ñato a River, no era más que un enviado del equipo italiano para ver jugadores, y que el paso por River fue una maniobra para darle más cartel al jugador que pasaría de un pequeño pueblo al campeonato más profesional del planeta.

Lo cierto es que, Raúl Alfredo Conti, a los 23 años daba uno de los saltos más grandes, sino el mayor, que registra la historia del fútbol.

Con una pequeña valija repleta de sueños emprendía el largo viaje. Aquí quedaban la familia, la novia y su equipo, Compañía, al filo de dar una nueva vuelta olímpica.


PRIMERA NOCHE EN ITALIA

-Nos llenamos los bolsillos con el Chiche y partimos. Ni bien llegué a Salto le di 29 mil pesos a mi viejo (sentí que eso le correspondía a él, ni lo dudé) y me quedé con mil para el viaje.

Antes de subir al avión me dijeron: “Andá tranquilo que te van a estar esperando”. Llegué a Fiumiccino casi a la medianoche… Nadie, ¡ni los perros andaban! Bajé con mi valija (tres calzoncillos, un pantalón, una camisa y seis kilos de yerba). Me abren la valija en la aduana y me dicen: “Bisogna pagare”. ¿Qué? Me hicieron entender que tenía que pagar por la yerba, pero tenías esos mil pesos y no los quería largar por nada del mundo. Me empecé a desesperar… Miraba para todos lados y no aparecía nadie… Con poco más de 20 años (que eran 12 o 13 de un chico de ahora), en un país desconocido, sin entender lo que me decían… No tardaron demasiado en aparecer las primeras lágrimas. Trataba de hacerme entender de cualquier forma y siempre encontraba la misma respuesta: “Io non capisco niente”. No sabía qué hacer. Estaba a 14 kilómetros de Roma, no sabía si la plata me alcanzaba para el taxi y ¿adónde iba? Por ahí pasa un piloto y ve mi desesperación: -¿Qué te pasa? Me dijo en un improvisado pero tranquilizador castellano. Le expliqué que nadie me había ido a esperar y que no me dejaban pasar la yerba. -¿Y porqué estás acá? ¿Qué viniste a hacer? – Soy jugador de fútbol. Me contrató el Torino.

-¿Vos sos Conti? Cuando les dijo quién era yo, no sabían cómo disculparse, me abrazaban… Para ellos, un jugador de fútbol es lo máximo.

El piloto me llevó en su auto a uno de los mejores hoteles de Roma. Cuando llegamos le dijo al dueño quién era yo, y otra vez la misma ceremonia. Después se encargó de llamar a Turín y retar a los dirigentes porque no me habían ido a esperar… -Bueno, andá con él (por el dueño del hotel), pegáte un baño y bajá a comer. Ya te voy a ir a ver jugar. –Muchísimas gracias por todo, pero de la habitación no me muevo hasta que me vengan a buscar.

Media hora más tarde me golpean la puerta: En un carrito me traían comida y bebida como para tres días… ¡Como en las películas! Debe haber sido la noche más larga de mi vida. Mientras comía miraba por la ventana y me daba pánico esa inmensa ciudad desconocida; recordaba cada cosa de Salto como si fuera la última noche. Sin darme cuenta, me quedé dormido. A las seis y media me vuelven a golpear la puerta: era Giusti (Secretario del Torino, que hablaba muy bien el castellano). Me pidió disculpas cien veces: -“Nos equivocamos de avión, Rául” (Sí, con acento en la A). Tomamos el avión a Milano y después a Turín. En el viaje me pregunta: -“¿Te trató bien la gente que mandamos? ¿Arreglaste el contrato? ¿Cuánto te dieron?” Cuando le dije lo que me habían dado no lo podía creer. –“¿Cómo, si nosotros pagamos 250 mil pesos por tu pase?” Ahí me acordé de la bronca de Chiche y me di cuenta de porqué se había hecho todo así.


TURÍN

-Cuando bajamos del avión en Turín había una cola de fotógrafos y periodistas… Giusti había llamado de Roma avisando que llegábamos a las 11 de la mañana, y ahí estaban todos esperándonos.

Me llevaron al hotel, y de ahí a la sede, que estaba enfrente del hotel. Me explicaron dónde tenía que tomar el tranvía para ir al estadio… Igual los primero días me iban a buscar para que conociera el camino. Si el entrenamiento era a las 10, a las 9 ya estaba cambiado y pidiendo una pelota para entretenerme.

Las primeras prácticas eran una risa: tenía que mirar a los costados para copiar los ejercicios. No sabía hacer nada… si del potrero, casi, había pasado a la primera división italiana. Cuando se armaba el picado, ahí sí me divertía: agarraba la pelota y no se la daba a nadie. Por suerte era un pibe y todos me ayudaron.

Al mes de estar allí, me golpean la puerta de la habitación, abro y encuentro a un señor con el mate en una mano y la bombilla en la otra: -“Buenas… ¿tenés yerba?”

-Si…

-“Soy Juan Cannaro (hermano de Francisco). Toco a media cuadra de acá.”

Enseguida pidió que nos trajeran agua caliente y nos pusimos a tomar mate y a contarnos nuestras desventuras. Así empecé a ir cada noche a escucharlo y él me hacía propaganda: -“Señoras y señores, tenemos el agrado de contar con la presencia del jugador del Torino, Raúl Conti… dedicado a él va este tango.” Me hacía llorar no sabés cómo.

Cuando ya entendía el idioma me llevaron a la concentración con otros muchachos, hasta que llegó Florio (Centreforward exLanús) y entre los dos nos alquilamos una pieza.

Nos compramos una guitarra y empezamos a rascar ¡pero éramos un desastre! Nos teníamos que conformar con un viejo fonógrafo y unos discos que había llevado yo. Todos los días eran iguales: el entrenamiento, la ida al cine impostergable (me encantaba y además ahí terminé de aprender el idioma), la cena, y a escuchar los tangos de Juan.


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MONACO

-Una vez terminado el campeonato, todos los equipos acostumbraban hacer unos partidos amistosos para recaudar fondos antes de las vacaciones. Nosotros fuimos a Marsella, Niza, Mónaco… Ahí me vieron los dirigentes y me ofrecieron jugar para ellos. Había visto esa ciudad maravillosa (aunque Turín es hermosa), esa tranquilidad… -No hay problema. Si se ponen de acuerdo con el Torino (tenía un año más de contrato), me dan lo que pretendo, más el viaje a la Argentina, porque me voy a casar y vuelvo…

-“Eso se arregla si vos querés jugar acá”.

El Torino no me quería vender, me quería dar a préstamo y yo me perdía el porcentaje del pase. Me puse firme hasta que decidieron venderme. Vine a Salto, me casé y volví a Mónaco. Había firmado por un año, pero me quedé casi cinco. Eso sí: nunca dejaron de recordarme lo caro que les salió el viaje. En aquella época era carísimo, y ellos no tenían idea de dónde quedaba Argentina.

Después del segundo año aparecieron los dirigentes del Racing de París: -“Queremos a uno de los dos insiders”. ¡Para qué! ¡Nos peleábamos por ir! El Racing era como Boca o River acá. El entrenador dijo: -“Véndalo a Amalfi, Conti se queda”. Y me quedé, un poco triste porque iba a pasar a un club grande, contento por el reconocimiento y porque estaba muy cómodo. También hubo ofertas del Reims y del Bordeaux, pero nunca me quisieron vender, hasta que apareció la Juventud…


¿SIGNORE CONTI?

-Cuando vi venir a los cuatro hombres hacia mí, elegantemente vestidos, no supe de qué se trataba: -“¿Signore Conti? ¿Podemos hablar dos minutos con usted?” Entonces se presentaron: Los tres mayores eran Rosetta, Callegari y Combi (3 exjugadores de la Juve), el más joven, un muchacho de 24 años, Umberto Agnelli. A pesar de que ya había estado en Italia, en un primer momento no pude relacionar el apellido de este último con el de la familia más poderosa de la península. Umberto era hermano de Gianni, el Presidente y dueño de la Fiat, de la Juventus, de las autopistas, de los rulemanes… -“Queremos que venga a jugar para nosotros”.

Ahí se me cayeron las medias… ¡La Juventus! Uno de los clubes más grandes del mundo se interesaba en mí… -De parte mía, encantado. Pero no sé si me van a querer vender.

-“¿Cuánto piensa que vale su pase?”

-Y… 30 millones de francos, más o menos. Si ustedes me permiten, yo voy a hablar con el presidente para que me venda.

-“Está bien, lo dejamos en sus manos.”

Mi intención era comprarle el pase al Mónaco para después hacer una buena diferencia. Tenía que buscar una buena excusa para que cedieran en su deseo de mantenerme.

-Presidente, me voy.

-“Pero, ¿por qué? ¿No estás conforme acá?

-Si, yo estoy muy a gusto, pero mi señora se quiere volver… ya son cinco años que estamos fuera de la Argentina y se la pasa hablando por teléfono.

-“No sé, vamos a ver… ¿Y cuánto estás dispuesto a pagar por tu pase?”

-Como mucho, 12 millones.

No iba a ser fácil pero, mientras no se enteraran del interés de la Juventus, los podía llegar a convencer. De pronto apareció en todos los diarios: Juventus interesado en Conti. El mismo día me llamó el presidente: -“Así que te volvías a la Argentina, ¿por qué no me dijiste la verdad?”

-Porque ustedes no me iban a querer vender…

-¡Por supuesto que no! Nosotros queremos que te quedes, te necesitamos.

-Si no me venden, largo todo y me voy a la Argentina.

Entonces volvieron a aparecer los dirigentes de la Juventus, esta vez para hablar directamente con el club. La respuesta fue un No rotundo: -“Si lo vendemos tenemos que salir a buscar otro como él, y no sabemos si nos va a rendir como Raúl” dijeron. Ni siquiera los dejaron hacer una oferta. Me iba a tener que quedar.


ENTRE PRÍNCIPES Y MAGNATES

Le comenté a Madame Fioriní (canillita de la estación de ómnibus que adoraba a mi hija Liliana) mi problema: -“Tengo una idea: todos los días viene el cocinero a buscar las revistas y los diarios… Le escribís una carta al Príncipe (Rainiero, dueño del Mónaco), la ponemos adentro de una revista y seguro que la va a leer.” Como yo hablaba francés, pero no lo escribía, ella misma se encargó de redactar la carta.

Como todas las mañanas, estaba desayunando en el “Café de París”, de short, remera y chancletas, cuando se me aparece un carabinieri: -“Dice el Príncipe que quiere hablar con vos… Urgente, que vayas como estés”. Yo sabía, por sus custodios, que era su jugador preferido. La cancha del Mónaco está debajo del castillo, y él miraba desde ahí todos los partidos, aunque a veces bajaba para vernos.

Lo más rápido que pude me puse un pantalón, una camisa, un par de zapatos, agarré el auto y salí para el castillo. Los guardianes me hacían la venia y me decían: -“Subí, que te está esperando”.

Me saludó y me dijo: -“Bueno… ¿Qué querés hablar: castellano, francés o italiano?”

-Como Usted quiera, Monseñor. Por suerte hablo los tres.

-“Está bien, hablemos italiano… Pero nada de Monseñor, señor a secas. Así que te querés ir…”

-Y… sí. Ustedes no me pueden pagar lo que me ofrece la Juventus.

-“¡Así que la Juventus, eh! ¡Ya me va a oír ese podrido de Gianni!”

Pidió que lo comunicaran con Agnelli… Mientras me decía: -“Mirá, Raúl, a mí me gustaría que te quedes con nosotros. Vos sos un jugador fundamental para el equipo…”

-Pero, es mucha la diferencia, Señor. Si no fuera tanta me quedaría… Yo estoy encantado con el trato que me han dado aquí, pero…

“Pronto, ¿qui parla?” Se escuchó del otro lado de la línea, entonces el Príncipe me acercó un teléfono para que escuchara la conversación…

-“Gianni, habla el Príncipe.”

-¡Oh, Monseñor! ¿Cómo le va?

-¡Que Monseñor ni Monseñor! Así que te querés llevar a Raúl… ¿No tenés otro jugador para llevar que lo tenés que venir a buscar acá?

-Mirá, lo queremos comprar porque ustedes no tienen plata para pagarle lo que él se merece. Además, ¿no vas a comparar el fútbol nuestro con el de ustedes?

Se dijeron un poco de todo, pero dentro de la gran amistad que los unía.

-“Está bien. Si en verdad lo precisan, lo vamos a vender… No le quiero cortar la carrera, pero no creo que ustedes lo vayan a tratar como lo tratamos nosotros. Ya le digo al Presidente que prepare los papeles.”

Al otro día llegaron los de la Juve y enseguida se pusieron de acuerdo: 22 millones de francos. Firmé contrato por dos años.

¿El Príncipe? Un tipo de una humildad increíble, como cualquiera de nosotros para tratarlo. Cuando ya se había hecho el pase me entregó una plaqueta hermosa como recuerdo. Muchas veces lo encontré en los restoranes de Niza y, aunque iba acompañado de su séquito, nunca dejó de saludarme. De su boda tengo libros, fotos, estampillas… ¡Qué mujer hermosa Grace!

Con el Mónaco gané mi único campeonato europeo. Como lugar es bellísimo para ir un día… Es mucho más chico que Salto y no tenía más diversión que el Casino (viví tres años justo enfrente).

Como en Niza, que está a catorce kilómetros, vivían Rubén Bravo y Yiyo Carniglia, todas las tardes nos íbamos con mi señora a visitarlos… A mirar vidrieras las mujeres, a algún espectáculo nosotros. Antes de la medianoche estábamos de vuelta porque, aunque los dirigentes franceses no eran tan estrictos como los italianos, siempre me preocupé por no dar motivos para que me llamen la atención.


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LA VECCHIA SIGNORA

-En la Juventus anduve bien… Me llamaron para la selección y eso cambió mi futuro. En esa época todos los extranjeros que jugaban tres partidos para la selección pasaban a ser ciudadanos italianos, entonces los clubes podían contratar más extranjeros. Como era un hecho que me iba a nacionalizar, la Juve compró a (Enrique Omar) Sívori y a Charles. Tanto la Juve, como el Inter y el Milan, un año antes definían sus planteles… Para ellos lo único que sirve es salir campeón.

Que viniera Sívori no era un problema para mí, ya que muchas veces jugué de 8… Nadie se explicaba cómo, siendo derecho, jugaba por la izquierda, hasta que (Renato) Cesarini, a quien tuve de técnico en Italia, me dijo: -“La gran ventaja tuya es que tus marcadores están acostumbrados a que el 10 enganche siempre para afuera, en cambio vos, al enganchar para adentro, vas sobre la pierna menos hábil de ellos y te queda todo el arco de frente.” Tenía mucha razón, como tantas veces, y aunque hoy parece una cosa sencilla, fue el primero en darse cuenta.

Los dirigentes querían que me quede, pero no podían traer un jugador por el que habían pagado una fortuna y no ponerlo. Yo solo iba a poder jugar la Copa de Italia, la UEFA ya algún otro partido, y yo quería jugar todos los domingos.

Apareció el interés del Atalanta y me querían dar a préstamo, pero yo no quería saber nada con ir a préstamo. Tuve que hablar con Umberto Agnelli, el mismo que me había ido a buscar a Mónaco, y entendió: -“Está bien. Todo sea por el bien tuyo. Todavía tenés tiempo de volver.”

Un diario tituló: “La Juventus ha sacrificado a Conti para salvar el error”. Me hicieron una despedida bárbara, me regalaron la camiseta, que para ellos es lo más sagrado… ¿Qué vas a comparar? Son muchísimo más educados que nosotros, más agradecidos… No conozco gente más buena que los italianos. Hay que saber comportarse con ellos, porque he tenido compañeros argentinos a los que querían comérselos… Mientras te pagan, y todos los 29 te avisan que tenés la plata depositada en el banco, tenés que cumplirles.


BARI

Me quedaba un año de contrato en el Atalanta cuando apareció el Bari. Antes había estado (Alberto J.) Armando y tuve la segunda oportunidad de jugar en Boca. Armando viajó a Milán para reunirse con los argentinos que estábamos allá con la intención de traernos a todos los que quisiéramos venir. Éramos siete: Cuchiaroni, Massei, Angelillo, Vernaza, Pentrelli, Grillo y yo. Tito (Cuchiaroni) y yo éramos los encargados de hablar: -De mi parte no tengo ningún problema en volver, siempre y cuando me pague lo mismo que gano acá, le dije. Cuando se enteró lo que ganábamos se agarraba los pelos… El único que se vino fue (Ernesto) Grillo, porque la mujer no se acostumbraba.


LA ADAPTACIÓN

El primer año en el Torino fue bravo. Si bien, por ley, el club no se podía ir al descenso por dos años (por aquella lamentable tragedia) y eso nos quitaba presión, me costó bastante adaptarme al cambio. Teníamos un equipo totalmente nuevo (Cuatro extranjeros: Amalfi, un brasileño que era un jugadorazo pero no jugaba en la nieve y con el que también fuimos compañeros en el Mónaco, el sueco Emerson, Florio y yo), el primer partido lo empatamos de local y en el segundo nos comimos cinco con el Milan del sueco Liedholm, un monstruo y un equipo casi invencible.

Jugar con nieve era totalmente distinto. A pesar de que barrían las canchas con unas máquinas, el agua que quedaba se congelaba con los más de 20º bajo cero; la pelota se hacía pesadísima y a la vez muy rápida.

Siempre era el último en cambiarme porque pensaba: hoy no se juega como está la cancha. ¡Qué no se va a jugar! Lo mismo me pasó en Francia, cuando íbamos a Lyle, Sauchaux, Saint Etienne… No se suspendía nunca.


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EL PERIODISMO

-No era como es hoy, que hay tantos. Igual te hinchaban las bolas… La gran mayoría me trataba muy bien, salvo uno, de Bari: Castelaneta. En todos los diarios podían hablar maravillas de mí pero, leía el diario de él (“7 días”) y lo máximo que me ponía era mediocre. Nunca lo conformaba, siempre me encontraba algo. Ya me tenía podrido. En toda Italia había unos doscientos diarios deportivos, y el único que hablaba mal de mí, era él.

Un día estaba en el negocio de mi amigo Michele Mincusi y por ahí me dice: -“Mirá quien viene ahí. Escondete.” Me metí atrás de un mostrador y esperé que este señor se acercara. Cuando estaba hablando con Michele me le aparecí:

-“Oh, Conti. ¿Cómo le va?”

-Bien. Bah… Si leo su diario seguro que me va mal, pero como leo otros diarios, me va bien. Pero no se haga problemas, quédese tranquilo, que ya se va a arrepentir. ¿No sé que tiene conmigo? Si no me conoce… Yo a usted no lo conozco, pero lo respeto como periodista, porque ¡dicen! que es buen periodista, pero cuando leo sus títulos no lo puedo creer. Por suerte la gente me demuestra otra cosa, así que tan mal no debo jugar. Igual ha sido un placer.

-“¿Me permite una palabra? La verdad… Yo pensé que usted era otra cosa”

-¿Qué creía? ¿Qué era un nariz levantada? En mi casa me enseñaron a respetar a la gente, aunque a veces encuentre a un idiota como usted, pero… que Dios lo ayude.

Desde ese día… hojas enteras de su diario dedicadas a mí. Hasta cuando jugaba mal buscaba excusas para decir que no había sido mi culpa… ¡Ay Dios, las cosas que escribía! Mis compañeros me cargaban conque lo había comprado. A ese mismo peridista Yiyo Carniglia lo agarró del cogote por las cosas que ponía de él y, si no se lo saco, lo mata. Le hizo juicio a Yiyo, tuvimos que ir a la comisaría y el comisario le decía a Yiyo: -“¿Le pegaste? ¿Cuántas le pegaste? Y vos (dirigiéndose a mí) ¿Por qué no dejaste que le siga pegando a ese h… de p…?”


CANADÁ

-Me habían ofrecido renovar en el Bari, pero tenía miedo de borrar, con un año flojo, todo lo bueno que había hecho y el cariño que había cosechado de la gente. También me habían ofrecido hacer el curso de entrenador y quedarme a dirigir los juveniles, pero estaba cansado y extrañaba mucho Salto y la familia. En eso viene un excompañero del Torino que estaba en Canadá y me dice: -“¿Te gustaría ir a jugar y dirigir a Canadá? Hay buena plata y es por poco tiempo.”

Ahí también salí campeón… Está bien que si no les ganábamos a esos, no les ganábamos a nadie… ¡Si le pegaban con lo tobillos!

Teníamos un buen equipo: Estaban Martina (exSan Lorenzo), Piotti (exVélez)… Además de jugar, con “Duilio” (así lo llamaba yo a Ángel Tulio Zof) armábamos y entrenábamos el equipo. Jugamos 30 partidos en tres meses, aprovechando la época en que no había nieve. Al año siguiente tenía que volver y llevar cuatro o cinco jugadores. Vine a Salto a pasear y me enteré que mi hermano Rulo (al que nunca había visto jugar) andaba bien, entonces le propuse irnos, pero parece que la Gallega no lo dejó, jeje.

Fueron pasando los meses y cada vez se me hizo más difícil despegarme de los míos… hasta que decidí quedarme definitivamente.


VOLVER…

El regreso a Salto no podía ser mejor. Su amado Compañía no daba una vuelta olímpica desde aquel 1951, cuando el Ñato se marchó dejándolo al borde del título. Once años habían pasado marcando la racha más adversa en la historia del verdiblanco. Pero volvió el Ñato, ahora como jugador y entrenador, y Compañía volvió a festejar en ese mismo 1963, repitiendo al año siguiente.

A la distancia uno se puede imaginar el respeto y, por qué no, la idolatría que despertaba en compañeros y rivales un jugador con semejantes antecedentes, pero no todas serían rosas, por aquello de que nadie es profeta en su tierra, ¿vio?

-Cuando volví, los primeros seis meses me sentí bien: querido, respetado… Después me arrepentí: Allá no me dejaban salir a la calle, enseguida se me acercaba la gente a saludarme y a preguntarme cosas; acá era uno más.

En la cancha algunos me respetaban, otros me daban cada patadas… pero yo las buscaba por jetón. Me echaban, también por hablar… ¿Yo dar patadas? No, no salí al Chiche, al que le gustaba ir fuerte. ¿Duelos? Sí, pero adentro de la cancha: Con (Héctor) Carranza y Martín Páez, dos jugadores de Defensores… En esa época se defendía más la camiseta, pero después éramos amigos. No creo que el fútbol me haya dejado algún enemigo… El único que me negó el saludo por un tiempo fue “Carita” (Horacio Fraboni). En el momento no pensé en las consecuencias, fue algo que me salió de adentro, una inspiración: Fue en un Compañía-Defensores, en la cancha de Sports, donde prácticamente se definía el campeonato. Hubo un penal para nosotros y, en el momento en que llego a la pelota, se me da por pegarle de cadete (cruzando el pie derecho detrás del izquierdo, hoy rabona)… Menos mal que Carita se tiró para el otro lado, porque la agarré mordida y apenas cruzó la línea… ¡Para qué! Me sacaron corriendo... Carita, que recién debutaba en Primera, estuvo más de un año sin saludarme… Lástima que el arquero no era el Gringo Santacroce, jeje… Un gran arquero, pero un día casi me mató: me salió con los dos pies para adelante y si me agarra bien, me parte al medio.

Dejé el fútbol en 1971, después de barrer con todos los equipos de la zona y quedar eliminados en los Tribunales de Mercedes. ¡Qué equipazo! Los Mellizos Ávila, el Negro Zapata, Osvaldo Gutiérrez, Petruccelli, el Gringo Contigiani…

Muchas cosas se me han borrado de la memoria. A veces me preguntan ¿Cómo no te acordás de aquel partido…? Sin embargo, de Italia puedo recordar todo, cada situación, cada rival… como si aquello hubiese sido ayer.


HABLA CONTI

Tiempo atrás, buscando datos para dilucidar los números que hacen a la estadística de nuestro fútbol, en un amarillento diario “El Provincial” de mediados de los sesenta, me encontré con el título que encabeza este párrafo. Decidí fotocopiar esa página porque seguramente en algún momento me iba a servir.

A continuación, una parte de aquella nota donde quedan demostradas dos cosas: la importancia de Conti y que, tres décadas atrás, ya existían los problemas que hoy parecen tan actuales.

¿CONTI SE VA DE COMPAÑÍA?

El rumor hace días que serpentea entre los corrillos locales. El tema se vuelve candente cuando se lo disputan Compañía General y Sports Salto. ¿Dónde jugará el exinsider de la Juventus que actualmente se desempeña como jugador y entrenador de Compañía?

Casi en las afueras del pueblo, cerca del cementerio, Conti es socio de un criadero de pollos: “El Lagarto”.

-“No, declaraciones, no. Cuando se resuelva la situación sí, todo lo que quieran, pero ahora no puedo.”

-¿Notó el cambio de Salto a Italia?

-Desde luego. Antes yo era el clásico jugador argentino que se preguntaba en lo mejor de su vida ¿para qué necesito entrenamiento? Solo cuando me encontré sin aire en el segundo tiempo, comprendí que aquello era otra cosa donde, o me adaptaba o hacía las maletas de vuelta a casa. Me adapté, desde luego.

Tras contar el antes y el durante de su paso por el viejo mundo, la conversación se centra en el fútbol local:

-Antes la gente tenía más entusiasmo. Cuando yo era pibe, entrenarse y jugar los picados en la semana era un verdadero privilegio. Veo lo que pasa hoy, a veces hay que hacer un partido con seis de cada lado… Yo no sé, pero algo debe haber pasado para que los pibes antes las supieran todas y ahora… Puede haber sido porque había más baldíos: yo jugaba a una cuadra de la comisaría, ahora los chicos se tienen que venir por acá, casi en las afueras del pueblo. Además, mire qué nombres para un equipo: Marchissio, Cepeda, Andrade, Fleitas… no es por desmerecer a los que juegan hoy, pero ¿dónde encuentra gente como aquella?

-¿Entonces cree que la juventud tiene menos campo de acción?

-Por supuesto. Antes estaba la Cuarta. Ahora los chicos saltan de Quinta a Segunda y eso no puede ser. Es como el día y la noche. La tarde menos pensada, esos chicos que aún son tiernos, tienen que colgar los botines para toda la temporada porque un tanque los plancha sin piedad.

Otra cosa que no me gusta: Cuando me fui a Italia todavía no era moda traer jugadores de afuera. No es por el dinero que cuesta, lo grave es que se está postergando a los pibes, y así se está matando al fútbol. Es una cadena: No hay jugadores, no hay entrenamientos, hay equipos flojos, ¿qué sucede? El público deja de ir a la cancha, y si no mire lo que pasa en Salto, ¿Cuántos equipos teníamos antes? Nueve. Eso era fiesta, no puede ser que se quiera hacer un campeonato con tres o cuatro equipos, por eso me parece una buena idea jugar con los equipos de Chacabuco.

-“Aunque habíamos prometido no insistir, ¿Qué pasará con su futuro?”

-No, no. Dejemos que las cosas sigan su curso. Total pronto se decide. Toda mi vida he tomado el fútbol con seriedad, en parte porque me dio la posibilidad de viajar y conocer, también porque fue mi medio de vida y no me puedo quejar: desde los 21 años soy profesional. Uno se debe a su oficio y más cuando lo toma con cariño y respeto. Mi preocupación ha sido siempre la misma, en Europa o en Salto: no defraudar al público. Y más aquí, donde soy responsable por partida doble. Soy un hombre que tiene su pasado y no puede parecer en una cancha sin entrenamiento. Prepara un equipo no es juguete, según pienso yo, se puede hacer bien o mal. Yo, o hago lo primero o no hago nada. Todo eso lleva tiempo… Por el momento es todo cuanto puedo decir.


El Ñato siguió en Compañía, como todos saben, y nunca se puso otras camisetas en nuestro medio más que la verde y blanca de Compañía y la azul y blanca del Combinado.

Otra fue la historia cuando colgó los botines.


DEFENSORES

-Yo me había retirado y no quería saber más nada de fútbol pero, tanto insistió el Dr. Jorge Blazevich (por entonces Presidente de Defensores) que me convenció… ¡Pobrecito! Me habló una y otra vez hasta que no le pude decir que no. No era fácil pasarse a la contra, pero habían pasado algunas cosas que no me habían gustado. ¿…? No, mejor dejémoslo ahí. Me entusiasmé con el plantel que había, y tuve la suerte, bah… la suerte no, los jugadores; ¿porque qué le podía enseñar yo a un genio como Pirincho (Juan Carlos Vincello)? ¿O al Mosca (Orlando Marchese)? El mejor 9 que vi en Salto, pero lejos ¡eh! Teníamos un equipazo: Pepe (Roberto) Testa, el Naco (Rubén) Fernández, Juan Domingo (Nuñez), Gaby (Edgardo) Pagliaricci, ¡el Torta (Ruben) Pereyra! ¡Alfredo Acosta! ¡Mamita! Todos grandes jugadores. Lo único que me dio trabajo fue domarlos en la disciplina: cuando se ponían a joder no los paraba nadie. Empezaban tirando una miga de pan y terminaban con un costillar… ¡Pero lo que me han hecho reír, no me lo voy a olvidar nunca! Perdimos el primer partido, pero después lo ganamos fácil. Estuve un año más, hasta que me enojé con una persona y no quise seguir.

En el ’81 estuve en Sports y ya no quise saber más nada… Cuando me dedico a una cosa me gusta hacerla bien, sino no la hago. No tuve ningún problema pero… el fútbol es así.

Otro renuncio de su memoria. No sé porqué el Ñato se olvida de la última vez que entrenó a un equipo; nada menos que con Norberto como dirigido en el Defensores del ’85. Quizá sea porque los resultados no acompañaron y se tuvo que ir antes de tiempo marcando la que puede haber sido su mayor amargura.


ejemplo

¿Y LA PLATA DÓNDE ESTÁ?

Casi todos, por no decir todos, se preguntan por qué alguien que fue tan exitoso en un deporte en el que se gana tanto dinero, continúa al pie del cañón cada mañana. La respuesta es sencilla: En aquellos tiempos un futbolista ganaba un muy buen dinero comparado con cualquier trabajador común pero, ni por asomo, las cifras escalofriantes que hoy convierten en millonario a un jugador de 20 años; súmele a eso los infinitos planes económicos que sufrimos en tres décadas, y además:

-Cada vez que firmé un contrato mandé la plata a la familia, ¡esa era mi mayo alegría! Gracias a Dios… somos una familia muy unida, tiramos todo a la misma bolsa.


LESIONES

Si uno se fija únicamente en su nariz, pensará que está frente a un boxeador. Es la marca más visible que le dejó la vida, pero no el dolor más intenso.

-La nariz me la rompí en el colegio. Después tuve conmoción cerebral por un cabezazo en Canadá, luxaciones de codo, distensión de ligamentos y, la más grave, cuando Salvatore, del Milan, se me tiró a la rodilla y me dio vuelta la pierna. Pensábamos que no iba a poder jugar más… Hasta el abogado del Bari le había iniciado juicio, pero yo no quise que lo siguiera.


NORBERTO

Desde que asomó en el Baby Fútbol hasta que partió de Salto para ponerse la celeste y blanca del Racing Club (¿Casualidad?), el Ñatito insinuaba repetir la espectacular campaña de su padre, sin embargo…

-Tuvo mala suerte… Tenías todas las… ¡Yo le erré! Tendría que habérmelo llevado a Italia, el error mío fue ese. Voy a estar arrepentido toda la vida. Allá tenía todas las puertas abiertas; además andaba muy bien.

Después tuvo mala suerte, porque cuando estaba en Racing tenía todas las posiblidades y viene y se hace m… la rodilla. No tuvo la suerte que tuve yo… ¡Que se le caiga un arco y le rompa el tobillo…!


ejemplo

ITALIA ‘90

-Le había comentado a Norberto que me gustaría ir al Mundial, reencontrarme con un montón de amigos… Él y Rulo se encargaron de todo y, siete días antes del comienzo, tenía el pasaje.

Noberto me dijo: -“Lleváte una foto de cuando jugabas, sino no te va a conocer nadie”. –¡Pero, mocoso! ¿Quién te creés que fue tu padre? Igual me puso una foto y unos diarios en la valija.

Como tenía que hacer unos trámites de jubilación, ni bien llegué a Roma me dirigí a la oficina correspondiente. Golpeé la puerta equivocada, pero me hicieron pasar. El señor que estaba en el escritorio tomando un té se sorprendió un poco al verme. Era uno de los jefes y no esperaba encontrarse con un desconocido al levantar la vista.

-“¿Come stai?”

-Bene.

-“Usted no es italiano…”

-No, señor. El tipo no me sacaba los ojos de encima…

-“Yo a usted lo conozco…”

-Imposible, hace 30 años que falto.

-“¿Usted no fue jugador de fútbol?”

-Sí…

-“¡Pero usted es Conti, el jugador de la Juventus!

Ahí se levantó y me abrazó, me dijo que era fanático de la Juve, me pidió el número de teléfono de casa y discó. Acá eran las cuatro de la mañana. Mi señora no entendía nada cuando atendió el teléfono.

-“Pronto, ¿signora de Conti? Il suo marido la va a parlare.”

Demás está decir que me fui con todos los papeles en regla.

Estuve dos días en Nápoles, se enteraron los periodistas y vinieron a verme, pero lo máximo me pasó en Bari.

Lo primero que hice fue ir a ver a mi viejo amigo Michele, dueño de una tienda impresionante. Dejé las valijas afuera y entré: -¿Dove está el cocodrilo? Grité en medio de un silencio sepulcral. Todos se dieron vuelta. Por allá apareció el hermano:

-“¡Ràul! ¡Qué alegría!”

-Eh, ¿y Michele?

-“¡¿Qué pasa acá, qué es todo este alborto?! ¡Raaaúl!”

Michele, al que yo llamaba cocodrilo por lo amarrete, se puso a llorar. Había sido mi gran amigo en Bari y hacía 28 años que no nos veíamos. La tienda se transformó en un club y quince minutos después se llenó de periodistas y cámaras de televisión. También vinieron dos excompañeros… El Presidente del Bari, Mataresse (hijo de uno de los organizadores del Mundial), me mandó a buscar. Michele no me quería dejar ir. –Voy, lo saludo y vuelvo. Le dije. Me subieron a un auto y me llevaron por la peatonal hasta la sede.

Me encontré con tres personas que estaban en mi época, el Presidente me recibió con un abrazo… Por momentos dudaba de que fuera realidad todo lo que me estaba pasando.

-“Llévenlo a Rául al Sheraton!”

-Pero, Presidente, no se moleste. Ya estoy alojado en un buen hotel.

-“No, no, no. Rául Conti va al Sheraton y viene todos los días aquí a hablar por teléfono con su familia. Esta es su casa.”

Había ido por veinte días y terminé quedándome cuarenta y ocho. Todos los días me invitaban a un lugar distinto y jamás me dejaron pagar un café. Ni siquiera podía desayunar en el hotel porque se ofendía el dueño de la confitería de la esquina.

Me ofrecieron quedarme a dirigir a los juveniles, pero todo se enfrió cuando Argentina eliminó a Italia. No por ellos, sino por mí: me dolía tanto como a ellos la eliminación por lo bien que me estaban tratando. Por unos días casi no salí del hotel para que nadie pensara que los iba a cargar… Estaban destrozados y me daba vergüenza encontrármelos.


Y el Ñato volvió a su casa, con las valijas llenas de libros que certifican su inmortalidad italiana, con plaquetas que testimonian el cariño de los “barese”, con mil recuerdos que ni la más cruel indiferencia podrá borrar. Al menos un grupo de futuros técnico saltenses decidió homenajearlo bautizando con su nombre a la novísima y fugaz escuela.


El jean, la camisa desabotonada y anudada a la altura del ombligo, la piel permanentemente bronceada y el andar erguido disimulan las casi siete décadas de vida. El pecho inflado que crece al hablar de Eve, la compañera de siempre, que se estira aún más cuando menciona a Liliana (monegasca) y a Norberto (barese), y ¡qué decir cuando se refiere a sus nietos!

Raúl Alfredo Conti, el hombre que al volver a Italia motivó el titular de un diario que pos sí solo termina con cualquier discusión: “Ha llegado a Italia Raúl Conti: el Maradona de los años ‘60”.

¡No tenés historia, Ñato!


ejemplo

CARLOS ABEL RIGGI

Revista De.Por.Té

Mayo de 1996.


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