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Reportaje a: Orlando Abel Marchese

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Fue el ídolo máximo de la hinchada más numerosa, apasionada y ruidosa de Salto, que es como decir: el jugador más idolatrado de nuestro medio. Admirado hasta por los hinchas rivales. Fue un grande, y no digo el más porque sería irrespetuoso hasta con él mismo, que asegura: “Hubo excelentes jugadores: “Polón” Chiari, el “Negro Ayala”, los mellizos Ávila, Raúl Castagno, Hugo Lobbe -que pegándole a la pelota ni Maradona lo iguala-, “Paco” Pedemonte –al que vi ya grande, pero seguía siendo un fenómeno-, pero el más completo fue el “Ñato” Conti, a quien tuve la satisfacción de tenerlo de técnico.” ¡Está bien…! Pero, ¿quién puede dudar que fue el número uno a la hora de divertir a los espectadores del fútbol, y lo sigue siendo en cada asado, cada reunión o en cualquier esquina?


En este reportaje, estimado lector, no pretenda orden ni lógica. Esté atento; aunque la pelota venga a dos metros del piso, cierre las piernas; en cualquier momento quedará en ridículo si no está preparado para la salida insólita.


-“Una vez fuimos con Defensores a Arenales; ni bien llegamos voy al baño y me encuentro con un flaco alto al que no le llegaba ni al hombro. Lo miré para arriba y le dije: Flaco, ¿te pusiste desodorante?


-¿Y a vos quién te conoce?


-No te calentés… Soy el 9 de Defensores.


-¿Ah sí? Yo soy el 2 de Arenales.


Me contaron, porque no lo vi, que cuando ganábamos 2 a 1, me tiró una patada que, si me agarra, paso a medir ochenta centímetros.”


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Nació abrazado a una pelota; queriéndola, tratándola con cariño, como para que ella entendiera que debía obedecer las caricias de esos pies minúsculos que le harían trazar recorridos impensados, caprichosos para la ortodoxia.


Quizá los descubridores del pequeño genio hayan sido los hermanos Carballo (“Cacho” y “Chiche”), que le regalaron la primera camiseta: Roja y negra, y alquilaron el corazón del rubiecito más travieso del barrio hasta los diez años, cuando apareció Defensores -viejo aglutinador de infantes con ganas de divertirse- y entonces no hubo nada que hacer: Había encontrado su segundo hogar.


-“El primer recuerdo de fútbol que tengo es la cancha de Sports. Me llevaba la mamá de Roberto Murias. Me contaron que yo lo esperaba a “Polón” (Chiari) en la puerta de entrada y le llevaba los botines hasta el vestuario… ¡Una satisfacción enorme!”


Ya se había ganado el apodo que lo acompañaría toda la vida: “Mosca”, por movedizo, cargoso e inquieto. Era el Mosca para todos los vecinos, para su familia y para los compañeros de los prolongados picados en plena calle Belgrano, entre Ramón Franco y Suipacha, solamente interrumpidos por… -“Mi mamá, que me llevaba una botella de Vidú-Cola llena de leche y un sándwich de mortadela –calculo que era un pan con una mortadela entera-, le daba dos o tres mordiscones al sándwich, le convidaba a los otros chicos y seguía el picado.”


Había que ir a la escuela (la “6”, justo enfrente de su casa)… -“Señorita, me duele la panza…” -¡¿Otra vez?! Era la respuesta resignada de la maestra de turno. -Cruzaba la calle, me comía un sándwich o tomaba la leche y volvía. Era de terror… Todas cosas de chicos, como romper un vidrio de un zapatillazo… Tengo un gran recuerdo de todas las maestras; conmigo fueron una barbaridad.”


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El flequillo rubio no se separaba ni un metro del piso cuando ya deslumbraba por picardía y habilidad para sacarse rivales de encima y dejar inmóviles a los desprevenidos arqueros. Los equipos de Baby Fútbol se lo disputaban y no era para menos: Los mayores ya empezaban a pagar entrada para verlo jugar.


-“Mi primer equipo “oficial” fue “La Lomita”. No sé cómo fui a para allí. La canchita estaba detrás de la terminal de ómnibus y jugaban los hermanos Rollín, “Banana” Bolasell, “El Oso” Codino… era una época hermosa. Después formamos un equipo de barrio con Mario y Roberto Malagamba, “Pirincho”, “Carita” Fraboni, “Vitrola” y “El Ñato (Víctor y Ruben Fernández). Salíamos a jugar contra otros barrios y llevábamos once partidos invictos, pero el equipo se desarmó el día que nos agarramos a trompadas con el equipo de Horacio Merello y Aldo Mancinello.”


Los picados callejeros se instalaron definitivamente en la “pista” del Club Defensores. De ahí a ponerse la camiseta verdiamarilla hubo, como único trámite, que Eugenio García lo llevara hasta la Liga de Fútbol a estampar la firma.

¿Cuántos imaginarían por ese entonces que ese petiso de piernas y cara redondeadas se iba a transformar en la máxima pesadilla de cualquier defensa?


-¿Usted lo imaginaba, don Lorenzo Vincenty? A Lorenzo no le gusta el grabador pero, con mucho gusto, al día siguiente me entrega un escrito:


-“Lo conocí cuando yo andaba por todas las canchas de Salto, acompañando a las divisiones inferiores de Compañía. Enseguida pude observar que, desde la Séptima de Defensores, asomaba su calidad de jugador dotado, a pesar de la contra de su físico.


En esas categorías menores ya había que ponerle marcación, porque era el más peligroso y quien podía romper el equilibrio de un partido.


Llegó a Primera, y el mejor elogio que puedo hacerle es reconocer que a la gente de Compañía siempre nos preocupó su presencia dentro del campo de juego.


Cumplió un largo ciclo en Defensores y cuando emigró -por errores de ambas partes- ya le había dado a la institución lo mejor de sí.


Con otra casaca fue distinto; comenzaba a oscurecerse el sol que había sido brillante pero, por sobre todas las cosas, anímicamente no era el mismo.


Fue un excelente jugador y me sobran los dedos de una mano para contar quiénes pudieron superarlo como figura representativa de ese club; por eso, cuando en las mesas de café, los que siempre estuvieron identificados con la entidad de la calle Defensa hablen de esa pasión que es el fútbol bien jugado, su nombre no estará ausente, y ese es el mejor de los recuerdos, porque sale del corazón.”


También salen del corazón las palabras del Mosca cuando habla de don Lorenzo: -“Para mí es un ídolo. Dentro de lo poco que hemos hablado, tenemos un trato bárbaro. Nunca le falté el respeto… es una de las personas más grandiosas que conozco.”


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-“De a poco Defensores se fue transformando en mi hogar: Jugaba todo el día, me bañaba y hasta dormía en el club.”


La identificación era absoluta, sin embargo, las genialidades del Mosca derribaban antinomias. Con su particular forma de jugar y de vivir fue ganando adeptos sin diferencia de camisetas. Se podría decir que tuvo su propio club de fans, esos amantes del buen fútbol que dejaban de alentar al equipo de sus amores para regocijarse con sus maravillas irreproducibles.


Si Lorenzo Vincenty es sinónimo de Compañía, Don Humberto Carranza lo es del otro rival de siempre:

-“Viví toda la vida para el fútbol y para Sports, pero siempre admiré a los que para mí eran genios. El Mosca, dentro del área, fue el más grande… Hacía cosas que nadie podía hacer. Dos o tres jugadas suyas salvaban un partido malo, y muchas veces habría pagado con gusto dos veces la entrada después de verlo jugar.


Más de una vez dejé de ver a Sports por ver al Mosca, no por amistad, sino por placer; siempre inventaba algo… ¡Qué peligro que era! Afuera del área muchos juegan bien, pero adentro, donde los espacios se reducen, era único. Perdérselo era una pena, y no había televisión que repitiera sus jugadas.


Me amargó muchas tardes pero, si Sports perdía por culpa de él, no me iba triste de la cancha. Siempre fui hincha del Mosca, sin importarme la camiseta.”


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-“La hornada nuestra arrancó en el ’68, cuando peleamos el campeonato, pero recién en el ’73 pudimos salir campeones. Antes, en el ’71, me tocó la colimba. Defensores trajo un “9” de Junín -el “Turco” Jorge, un goleador extraordinario-, que me recomendó en Sarmiento. Jugué en la liga local -donde tuve a Raúl Malavolta, aquel arquero que después jugó en Sports, de compañero-, porque ya había cerrado el libro de pases de AFA, y anduve muy bien. El presidente De Miguel me quería un montón y, poco antes de que termine el campeonato, me dijo: -El año que viene, o jugás para nosotros o te vendemos a un club más importante. Me vine a Salto y no volví más… Tenía 20 o 21 años y me tiraban mis viejos, los amigos y Defensores.


Después tuve la oportunidad de ir a Vélez, recomendado por un pariente que estaba metido en el club. Fuimos con “Cata” (Oscar Evangelista), nos sentamos en la tribuna y, como pasó media hora y no me llamaron, me vine.


También fui a probarme a Boca, con Pirincho –que llegó descompuesto por el viaje- y el “Pato” (Rubén) Linares, que ese día la rompió. A mí, Rivero (Roberto, “El Caña”), que ya había estado en las inferiores de Boca, me dijo que me probara de “7”, que seguro iba a andar; pero como yo había jugado algunos partido de “8” y me gustaba, dije que era “8”. Anduve bien, hice un gol, pero Gandulla me dijo que lo que precisaban eran delanteros.


Desperdicié un montón de oportunidades, de clubes de la zona y de Salto; me ofrecieron mucha plata, pero no le daba importancia…


La condición de ídolo, de ser requerido por tantos, aunque sea para compartir un momento, lo fue llevando a las largas trasnochadas, a las interminables veladas de baile y champaña.


-“El baile y la noche me gustaban tanto como el fútbol. En un boliche los mozos tenían orden de “Berto” Menéndez -que siempre me decía que no se quería morir sin verme con la camiseta de Progreso- de que apenas llegara me trajeran una botella de champaña. Me pasaban cosas de película…


Nunca me cuidé; daba demasiadas ventajas, entrenaba poco, engordaba con facilidad y muchas veces me acosté a las siete de la mañana; como aquella vez que Raúl González me llevó a casa a las doce y media, me dijo que me fuera a dormir, que al otro día jugábamos con Compañía; esperé unos veinte minutos y después volví a salir… Cuando quise acordar eran las siete y media, dormí dos horas y me fui al club. Ese día Dios me ayudó: ganamos cinco a dos y jugué un partido bárbaro.


Esto no lo cuento de vivo ni de pícaro… eran otras épocas. Hoy no lo podría hacer: todos están muy bien entrenados y se juega más rápido.”


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Se fue metiendo en Primera -con 17 años- por la punta derecha, quebrando la cintura, clavando el freno y metiendo el pase-gol para el que llegaba con todo el arco a su disposición. De a poco se fue corriendo al medio; volante por derecha, más tarde por izquierda, y finalmente en el corazón del área, para mostrar lo mejor de su repertorio.


-“Recién en el ’73, cuando volví de Sarmiento, empecé a jugar de “9”; hasta ahí había jugado para los otros. Nunca me consideré un delantero clásico, como podían ser (Oscar) Castillo, (Horacio) Monacci o (Fernando) Precone. Hice varios goles jugando de volante, quizá más que ningún otro, pero todos se acuerdan de mi época como delantero. Para mí, delanteros fueron los que nombré antes.”


¡Menos mal! ¿Qué hubiera sido de los arqueros si el Mosca se decidía a hacer goles? Habría que ver qué opina Roberto “Quino” Simiand, el arquero que más veces lo sufrió:


-“Era como tener en contra a Maradona; había que salirle con un cuidado bárbaro para no pasar un papelón… En cualquier lugar te hacía un caño o un sombrero. Me divertía viéndolo jugar, aunque lo tuviera de rival. Era un problema hasta para el mismísimo Jorge Galli, porque inventaba continuamente. Definía tocando la pelota contra un palo; muy pocas veces le pegaba fuerte, primero apuntaba y después le daba la potencia al remate; no como los delanteros de ahora, que la cuestión es pegarle fuerte y a cualquier lado.


Hoy ya no voy a la cancha… Después de haber visto a jugadores como él, sinceramente, no me dan ganas.”


Las palabras de Simiand no requieren mayor comentario pero, ya que mencionó a Galli, no se puede dejar pasar una anécdota que, por conocida, no deja de ser curiosa: 1977 marcó el momento de mayor efectividad de “Pachila” -uno de los tantos apodos que no lograron desplazar al original-: entre el 10 y el 24 de julio marcó nueve goles, a razón de tres por partido. Empezó la seguidilla contra Sports: La pelota le llegó alta, en el círculo central y con la marca atenta de Galli a sus espaldas, la acomodó con el pecho, giró y, sin dejarla tocar el piso, sacó el derechazo medido… Con la pelota aún viajando hacia la red Comadreja emprendió la carrera incontrolable para unirse al festejo delirante de su hinchada; detrás de él salió Galli, que esperó que amainara la euforia para premiar la espectacular acción con un beso.


No siempre lo trataron con la misma dulzura: ´”No era lo mismo jugar contra Omar Contigiani -que era un buen jugador, pero te hacía comer pasto en cada choque- que contra el “Loco” Galli -el Maradona de los defensores-. La gente de Sports me ha contado que iban a la cancha a ver qué hacíamos entre nosotros.


Yo era de cargar, o de hacer alguna joda, y siempre alguno se calentaba. En todos los partidos había uno que me quería hacer algo. Nunca tuve miedo, jamás me vendé ni me puse canilleras. El fútbol se vivía más, la rivalidad era mayor, pero no tenía enemigos. Jugaba con alegría y la mayoría lo entendía.”


Por suerte para él, también lo entendió, o al menos lo perdonó, el “Gringo” Luis Santacroce…


-“Me tiraron una pelota larga y quedé solo frente al Gringo -en ese momento arquero de El Fortín-, le amagué hacia la derecha y él se tiró, esperé que se levante y le volví a amagar, se volvió a tirar, entonces pateé al arco y la tiré por arriba del travesaño… Cuando íbamos caminando para el vestuario se me acercó y me dijo: -No te arranco la cabeza, porque te tuve en los brazos. Lo hice porque me salió en ese momento; era mi forma de jugar.”


En la vida de todo goleador hay celebradas disfonías, posteriores a arqueros desparramados y pelotas descansando en la red; también hay gritos que quedan atravesados en la garganta y lastiman hasta que un nuevo gol, tan importante como aquel que se falló, suaviza en parte el dolor.


-“El recuerdo más amargo que me dejó el fútbol fue aquel penal errado… En el ’77, llegamos al partido con Compañía un punto adelante de ellos; estando cero a cero le anularon un gol legítimo a Pirincho, después “El Caña” Rivero puso el 1 a 0 para Compañía -no lo gritó por respeto a la gente de Defensores- y, cuando ya terminaba el partido, fabrico un penal y Ledesma -aquel pintoresco y muy buen árbitro- lo da. La hinchada de ellos se volvió loca; rompían los palcos, se querían meter en la cancha… Yo no daba más, tenía las piernas acalambradas. Les dije a mis compañeros: Ahí lo tienen, pero ninguno lo quiso patear. Después de un rato de masajearme, acomodé la pelota y… a último momento decidí cambiar el palo y Enrique Restelli me adivinó la intención. Cuando terminó el partido los hinchas de Compañía me querían comer… Con los dirigentes nos dijimos cosas irreproducibles. Se tomaron revancha de mis bailes y mis festejos. Estuve muy mal por mucho tiempo… El fútbol se vivía de otra forma; había más pasión… Ese año me salvó la Selección.”


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-“Sixto Carís, que siempre fue mi amigo, me dijo que con Gildo me precisaban para la selección. Yo le expliqué que en Defensores practicaba poco, que tenía varios kilos de más… pero él insistió.


Mario Malagamba (otro amigo que le quitó el destino) me acompañó a ver un dietólogo que me recomendó el Ñato Conti. Cuando el médico me vio desnudo no podía creer que jugaba al fútbol. Tenía que bajar, por lo menos, seis kilos. Salí del consultorio y me comí todo pero, al día siguiente, empecé un régimen estricto. Salía a correr solo a la mañana, el almuerzo era una pastillita, baños de inmersión, práctica con el equipo a la tarde y comida aparte en la cena.


Hice un sacrificio impresionante… Hasta salí a correr bajo la lluvia con (Julio) Bertoglio, del que me había hecho amigo, a pesar de que el día de los tres goles a Sports… ¡me tiró un codazo del que solo me salvó no tener cogote!”


¡Sin cogote! ¡Garrafa! ¡Gordo, ponéte el corpiño! ¡Enano de circo! Y todo lo que usted imagine, se bancó en cada ciudad que visitó aquella selección. El recibimiento siempre era el mismo, la despedida también: Ovacionado por todos y elogiado por los mismos relatores que, por ignorancia, minutos antes se habían burlado de su físico.


-“En Pergamino me gritaron de todo cuando entré… Por ahí se va una pelota a fuera, la tiran para adonde estaba yo, me doy vuelta, la paro con la cola (una de sus jugadas predilectas) y se la alcanzo al arquero… ¡Me querían comer! Ese día me salieron todas: Hice un gol muy lindo, le serví otro a Cacho Castillo y ganamos 3 a 1. Hacía más de veinte años que Salto no le ganaba a Pergamino. Esa fue la primera vez que hablé por radio… ¡Me pusieron unas cosas así (pone las manos a los costados de la cabeza simulando los auriculares) en las orejas!


El responsable de aquel momento, Sixto Carís, opina del Mosca:


-“Antes que nada es un gran amigo. Como jugador: Vivo, habilidoso, tenía toda la chispa del potrero. Hizo un sacrificio enorme para estar en esa selección, y cuando le tocó jugar, fue un fenómeno reconocido por todos.


Compartir algo con él no tiene desperdicio, siempre tiene salidas que no se pueden creer. Hay gente que no le da importancia pero, muchas veces, mirando televisión me doy cuenta de que los cómicos de hoy no le atan un zapato. ¿Cuántas veces uno paga una entrada para ver un espectáculo y no se divierte como compartiendo una reunión con el Mosca?


También es una lástima que no esté trabajando con los chicos; tiene un don especial para eso.”


Todos quisieron tener al Mosca en su equipo: Los hermanos Raúl y Miguel Grosso hicieron lo imposible para que se pusiera la rojinegra de Sports; su amigo Sixto Carís intercedió para que se calce la verdiblanca de Compañía; Miguel Cervello pensó en él a la hora de armar el primer Alumni campeón; todos fracasaron en el intento, hasta que apareció el C.U.S.A. cuando la estrella del Mosca se empezaba a apagar.


-“Cuando me fui de Defensores tenía graves problemas económicos… Apareció la oferta Cusa y me tuve que ir. Lloré mucho por irme. Raúl González y Pirincho trataron por todos los medios de que me quede. En Cusa me encontré con muchos amigos e hicimos una buena campaña.”


No hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que de su paso por el Universitario lo que más recuerda es la triste despedida del Barrio Central. Por eso, no le costó demasiado a sus amigos Pirincho (¿cuándo no?) y Rodolfo Linares convencerlo para que vuelva a casa.


-“En el ’80 volví a Defensores y al año siguiente asumí como técnico. Le entregué la camiseta al “Negro” (Raúl Walter) Castagno y le dije: Esta es tu camiseta, la misma que usaba tu papá cuando yo empecé; la que usé yo hasta ahora. Ahora te toca a vos.


Al cuarto o quinto partido la gente me pidió que vuelva y no me pude resistir. No jugaba de titular porque los tres delanteros andaban derechos (Osvaldo Guitérrez 10, Juan Roberto Zapata 9 y Raúl Castagno (8) fueron los goleadores de ese torneo). Peleamos el campeonato que perdimos en un partido increíble con Deportivo Italiano (nombre que tomó Villa Italia en aquellos años).


En el ‘82 me vinieron a hablar Cervello y Juan Carlos Contigiani para llevarme a Alumni. Miguel me quería para los segundos tiempos, para que tuviera la pelota y le metiera pelotazos a los delanteros, pero estaba cansado, así que preferí jugar algunos partidos en la Tercera… Fue una lástima, porque me podría haber retirado campeón.


Siempre presente, en la infancia y en la madurez, en las buenas y en las otras; tan símbolo de Defensores como él, formaron un binomio inseparable… Uno aportaba alegría y el otro reflexión; uno atacaba y el otro defendía… ¿De quién voy a estar hablando sino de Juan Carlos “Pirincho” Vincello? Porque lo conoce como pocos, es imprescindible escuchar al “Gran Capitán”:


-A “Pucho” (apodo reservado a los más cercanos) lo conocí a los seis o siete años, en la escuela primaria y, aunque soy un año mayor, fuimos amigos desde el primer día.


Es un gran ser humano, que quizá muchos no han podido descubrir, que le da alegría a todos los que comparten un momento con él o lo han visto jugar. Sin importar los problemas que pueda tener, siempre tendrá una broma a mano para hacernos reír, aunque cuente lo mismo cien veces, jaja.


Tiene un don especial para divertir… Hasta creo que pierde el tiempo no trabajando en televisión.


Como jugador fue único. Nunca vi, en ningún lado, la habilidad y la frialdad que tenía dentro del área. Los que no alcanzaron a verlo, imagínense una mezcla de Romario y Maradona, en espacios reducidos.


A pesar de dar enormes ventajas físicas por su estatura, la facilidad para engordar y el descuido de su cuerpo, era capaz de volver loca a toda una defensa. Dejaba todo en la cancha hasta que las piernas no le daban más.


También podía jugar tirado atrás, ya que tenía una enorme facilidad para habilitar a los delanteros; en eso, sin dudas, con quien mejor se entendió fue con Cacho Castillo… Los dos querían jugar juntos.


Era inteligente y pícaro como ninguno. Un adelantado para la época. Un espectáculo por sí solo.


A pesar de su baja estatura, cabeceaba aunque el marcador tuviera la talla de Osvaldo Biaín: Saltaba antes y ponía el cuerpo de una forma que desacomodaba al defensor.


Protagonizó duelos inolvidables con sus marcadores. El más recordado, quizá, con Juan Pedro Boyler (defensor de Sports en la década del ’60 y comienzos de los ’70). Había que tener mucho cuidado cuando se le iba fuerte, porque el lesionado podía ser uno.


Ya en las inferiores era un fenómeno; la gente iba a verlo a él. No triunfó en un nivel más alto porque desaprovechó las oportunidades que se le presentaron.


Cuando nos tuvimos que enfrentar –el año que estuvo en Cusa- ni él me quería gambetear, ni yo lo quería marcar… Debe haber sido nuestro peor partido.


Cuando en el ’82 jugó algunos partidos en Tercera le pedí que se retire; había sido demasiado grande como para estar en un segundo plano.


Para mí es un hermano, ¿qué más puedo decir?”


-“¡Pirincho…! Cuando hablo de él me emociono. Somos como hermanos, y en la cancha daba una seguridad impresionante. Es un señor en todo sentido.”


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1982 no fue un buen año: Marcó el retiro definitivo su escenario preferido y, como si fuera poco, perdió a uno de sus seres más queridos…


-“El fallecimiento de mamá me dejó muy mal; me costó mucho tiempo recuperarme… Por suerte al año siguiente empecé a trabajar en la escuelita de fútbol de Defensores, junto a Antonio Balbiano.


Pasé ocho años hermosos. Me quedaron infinidad de buenos recuerdos y una relación sensacional con todos los chicos.


Algunos, ya hombres, me tratan con el mismo respeto y cariño que diez años atrás.”



Con la misma facilidad que gambeteó botines, se empeñó en esquivar el éxito. Una tras otra fue dejando pasar las oportunidades que la vida le presentó. Hoy es tiempo de arrepentimientos, ojalá no sea demasiado tarde.


-“En el ’80 me casé con Mónica y nos fuimos de luna de miel a España. Apenas nos bajamos del avión en Madrid, escucho: ¡Mosca! La agarré a Mónica del brazo y le dije: No te des vuelta… es el almacenero de la esquina. Ella no entendía nada; cuando nos dimos vuelta, era Lilí Cianciarullo -por entonces azafata-, que venía en otro avión.


Estuvimos cincuenta días en la casa de “Catatrepa” (Oscar Evangelista) y “Saraca” (Oscar Testa), en Santiago de Compostela. Había campeonatos para mayores de treinta años y me prendí en algunos partidos. Un señor que me vio jugar me ofreció trabajo y plata para que me quede, pero le había prometido a mamá que volvía.”


-“Cuando vino el “Equipo de las Estrellas” -Rojitas, Novello, Albrecht, Mas, Fischer, Orlando Medina…- jugamos en la canchita de Progreso; empatamos once a once y yo metí seis goles. Después del asado, Rojitas -mi ídolo- me propuso llevarme de gira con ellos. Le dije que no, que tenía una familia… Él insistió: ¡Vamos! Ponemos tu nombre, que sos primo mío, que estuviste en el exterior… Le volví a decir que no, y no lo cuento de pícaro… Hoy me iría a lustrarle los botines.”


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Muchos de los que hoy acompañan al Loro en su larga travesía de sufrimientos, no habían nacido cuando la calle Defensa era Uriburu y se teñía, literalmente, de verde y amarillo en cada festejo…


-“Salir campeón con Defensores es algo inexplicable… Hay que vivirlo para saber lo que se siente. No hay en la zona un fenómeno igual.


Después de cada triunfo importante, era característico irnos caminado -sin cambiarnos- hasta la sede. Cuando entrábamos se movía todo… era una cosa impresionante.”


Eran tiempos del “Rey”… Hoy los días de gloria quedaron atrás y el presente duele en la mueca triste, abrumado por una realidad que lo golpea en lo más profundo. Lejos quedaron los goles, caños y sombreros. Es uno más, con los mismos temores que afligen a una gran mayoría, sin embargo, siempre tendrá tiempo para arrancar una sonrisa en los demás. Un pequeño ejemplo: peluca, diminuto largavista y antifaz con enormes bigotes, así apareció en la cancha días atrás, distinguiéndose de la multitud.


-“Me considero una persona alegre; me doy cuenta de que tengo un humor especial. No lo hago por hacerme ver… ¡Si no gano un peso por ello! Cuando estoy entre amigos me gusta divertirlos.”


No es de esos futbolistas retirados que reniegan de sus sucesores, está convencido de que las comparaciones no sirven, por lo tanto, con él se puede hablar del fútbol de estos días.


-¿Qué es lo que más te gusta del fútbol de hoy?


-“Creo que, completo, Compañía es el mejor equipo… Aunque Defensores le ganó muy bien, y también jugó bien el día que empataron.”


-Habláme un poco más de Defensores…


-“Me gusta como juega, tiene un esquema definido… El técnico (Héctor Chavero) sabe lo que quiere y se hace entender. El equipo tiene altibajos, pero pienso que hay que esperar. Es importante que se les dé la oportunidad a los chicos del club.”


-¿Y jugadores?


-“Creo que Mauricio Vincello tiene un futuro enorme; me gusta mucho Ferreyra (Carlos, o el “Pepe”), Carrizo mantiene su nivel y, por supuesto, Walter Luna. ¡Ah…! Dejáme contarte algo: Hace unos días, comiendo un asado en el club con unos cuantos amigos, nos pusimos a recordar grandes jugadores y, cuando llegamos al puesto de arquero, todos coincidimos en que el mejor que vimos es Marcelo Gizzi; y eso que hubo muy buenos, como Aldo Mangini, Santacroce, Colazzo y un tal Chiriotti (Raúl Chillotti, arquero de Defensores en 1961).”


-Si antes hablamos de Lorenzo no nos podemos olvidar de Eloy…


-“Por Eloy García (utilero eterno de Defensores) tengo el mismo respeto que por Lorenzo; pero con Eloy viví muchísimas cosas más… es un fenómeno. Por ahí me adelantaba algunos pesos a cambio de la promesa de goles… Creo que le quedé debiendo, jaja.”


Esta anécdota, tan verídica como disparatada, tiene varios testigos, pero… qué mejor que la cuente él mismo:


-“Habíamos ido con la selección a un agasajo en La inencible. A la vuelta todos veníamos bien comidos y bebidos, y algunos se habían dormido. Le pedí a mi primo, el “Polaco” Marchese -que manejaba el colectivo- que me deje manejar un ratito. No quería saber nada pero, al final, aflojó. Primero tiré el colectivo a la banquina y grité ¡volcamos! Ahí se despertaron todos. Al rato me levanté del volante y empecé a caminar por el pasillo -con el colectivo andando- mientras les decía: Atrás, córranse más atrás… Algunos se mataban de risa, otros me querían matar.”


Fue y es un Payaso, en la correcta aplicación y el más digno sentido de la palabra, con todo lo que ello implica: regalar alegría, aunque la procesión vaya por dentro.


-¿Alguna vez pensaste ganarte la vida como cómico?


-“Sí, varias veces. Un día -hace unos años- le dije a Mónica: Me voy a Buenos Aires. ¿A qué? Respondió ella sorprendida. Voy a ver si puedo hablar con Porcel y Olmedo para trabajar con ellos… Pasó el tiempo y no fui.


Ahora, muchas noches, después de ver Video Match, me quedo despierto pensando que tendría que mandar un casete, o llegar a Tinelli de alguna forma.


Sé que lo mío sirve. Me lo ha dicho gente como Tito Segura, Rimoldi Fraga, y casi todos los que me conocen.”


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Hoy vive humildemente, haciendo piruetas como antes, pero ahora para sobrellevar el aciago momento económico, luchando para ver feliz a Mónica, acompañando la incipiente adolescencia de Marcelo -más cerca de los caballos que del fútbol- y viendo crecer a Agustín -un “enano” terrible que le pega a la pelota de sobrepique y acompaña cada movimiento con el relato de un partido imaginario, produciendo la certera sensación de que la historia puede repetirse-.


Pasaron los goles -nadie convirtió más que él con la camiseta de Defensores, al menos en las última tres décadas-, pasaron las largas noches de baile y champaña… Quedan los recuerdos, propios y ajenos, de tantas tardes mágicas, queda la chispa intacta para arrancar la carcajada en sus interlocutores.


¿Quién puede olvidarse de haber compartido con este singular personaje un asado, una concentración, una cancha, su espectacular despedida de soltero, o de disfrutar viéndolo jugar?


Fue el ídolo de muchos y la pesadilla de unos cuantos, fue maestro de pequeños futbolistas y diversión de todos. Fue, es y seguirá siendo, eterna y simplemente, El Mosca.


CARLOS ABEL RIGGI


Revista De.Por.Té / Octubre de 1995


(Solo algunas fotos difieren del reportaje original)


“VER FICHA”



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